Pintor alemán. Munchenbuchsee, cerca de Berna (Suiza), 1879 Muralto, cerca de Locarno, 1940. Tras dudar entre la música y la pintura, decidió dedicarse a ésta y entró a en la Academia de Bellas Artes de Munich, como alumno de Franz Stuck, que tambien fue maestro de Kandinsky. Entre 1908 y 1910 sufrió las distintas influencias que habrían d resultar determinantes para su obra. Cézanne, Van Gogh, Matisse. Participó en las exposiciones de “Der Blaue Reiter” y en 1914 emprendió un viaje por Tunicia, que había de ser decisivo para su evolución. De repente descubrió su total vocación, así escribió en su Diario el 16 de abril: “el color me posee… Me posee siempre, lo se”.
Tal es el sentido de esta obra bienaventurada. “El color y yo somos uno; soy pintor”. La guerra le aparta de la pintura hasta 1917, año en que vuelve a recoger los pinceles en Munich, ciudad en la que celebró varias exposiciones. En 1921 de establece en Weimar, donde imparte en la “Bauhaus” su curso titulado “Pedagogía de la forma” y luego dirige un taller de pintura. Viajero infatigable, escritor prolífico (su Diario es la muestra mas brillante), Klee es uno de esos seres inclasificables a quienes la extraordinaria variedad de su inspiración libera de todo constreñimiento.
En 1931 – 1932 realiza un grupo de cuadros puntillistas: después aborda el simbolismo, mas tarde, enamorado de la vida y obsesionado con la muerte, ejecuta la serie de los Angeles, que aparece como una especie de premonición, aunque sin dramatismo alguno. La transición poética es constante en este pintor, que pasa de la tierra al cielo con desconcertante facilidad: “El artista-decía- imita el juego de las fuerzas que han creado y crean el mundo”. Ninguna otra frase a Paul Klee, precursor de la nueva sensibilidad.





